Un paseo modernista
El edificio, una de las joyas del paseo de Gràcia, está normalmente cerrado al público
Es una de las joyas del modernismo, pero no se puede visitar habitualmente. El 10 de septiembre se hizo una excepción. Durante cuatro horas, los barceloneses pudieron comprobar la rehabilitación llevada a cabo en la casa “Lleó i Morera”, y comprobar la recuperación de maderas, mosaicos y espacios que se lleva a cabo en el edificio.
El edificio se levanta en el número 35 del paseo de Gràcia, en la confluencia con Consell de Cent. El primer inmueble data de 1864 y recibió el nombre de casa Rocamora. En 1902, su propietaria, Francesca Morera, encargó a Lluís Domènech i Montaner su rehabilitación, y el arquitecto creó con máxima libertad una vivienda para la familia. A la muerte de la mujer, su hijo, Albert Lleó i Morera, médico dedicado a la microbiología y director del laboratorio del hospital de la Santa Creu i Sant Pau, se hizo cargo de la obra, que concluyó el 10 de marzo de 1905. Tras la familia, en su nómina de propietarios figura la Sociedad Mercantil Bilbao, la Mutualidad General de Previsión Social de la Abogacía de Madrid, Planeta y actualmente el grupo Nuñez y Navarro, que ha acometido la última rehabilitación.
A pesar de haber pasado por tantas manos, muchos elementos originales se han conservado y pueden contemplarse, como las vidrieras que van desde el principal al tercer piso, y que simbolizan un árbol de la vida; los relieves de porcelana del ceramista Antoni Serra i Fiter, las esculturas de Ausebi Arnau o los mosaicos de Lluís Bru y Mario Maragaliano.
Actualmente, el edificio está ocupado por oficinas, aunque quedan dos plantas vacías, y no puede visitarse. Pero ayer, durante cuatro horas, los barceloneses pudieron gozar de la energía creativa de Domènech i Montaner en la composición de los espacios y la conjugación de los elementos, algunos restaurados, como el templete del ático, acometido por Óscar Tusquets en un trabajo realizado en los años ochenta. Durante la guerra, ese lugar fue un nido de ametralladoras de la FAI. Fueron cuatro horas para gozar de una joya del modernismo.
Fuente: La Vanguardia
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